COSAS QUE NOS PASAN: ¡VA POR VOSOTRAS!

Cuando hace un par de meses leí el artículo de Anna Freixas “Tomarnos en serio”, que escribió inspirada por un libro que estaba leyendo de Susan Gornik, donde había reencontrado ese concepto que ya descubriera con Adrienne Rich, yo pensé (como quizá ella misma al reencontrarlo): “Ah, sí, es verdad, TOMARNOS EN SERIO a nosotras mismas, ¡esa es la clave!” Y pensé esto porque no era una idea nueva para mí, es solo que necesito que me la recuerden de vez en cuando porque se me olvida y se me olvida y se me vuelve a olvidar.

Tengo sesentaicuatro años y de un tiempo a esta parte no haga más que hacer balance de mi vida por temas: ahora me fijo en esto, ahora en lo otro (tengo mucho trabajo), y justo cuando leo este artículo de Anna estoy rindiendo tributo interior, remontándome al inicio de sus demandas de ayuda desesperadas, a mis piernas. Desde los quince años mis piernas han sido por turno: unas desgraciadas que querían joderme la vida, primero, unas pobres víctimas a las que era mejor cuidar como quien asume la enfermedad de un pariente cercano al que no se puede abandonar, luego, y unas mensajeras cuyo críptico lenguaje debía descifrar, después. Y la cosa es que al mirar en perspectiva me doy cuenta de que gracias a ellas, que me obligaron a aprender, sé cuidarme: me han llevado a lo largo de los años a mé[email protected] de toda laya, me han enseñado a comer, a dormir (y a dar patadas), me han demostrado que aquello que más placer físico me da (andar, nadar, bailar y follar) a ellas les va de coña, y me han empujado a hacerme preguntas incómodas: ¿qué las (me) frena?, ¿qué peso arrastran (arrastro)?, ¿qué libertades no se (me) permiten?

Así que ahora, después de años de trabajo personal (¡y feminista!): de mucho análisis y mucha mucha diafreo, y yoga y meditación y más cosas que me dejo (nunca se me podrá reprochar falta de tesón), leo el artículo de Anna y, mientras me dejo arrastrar por los lamentos (¡mis padre no me tomaron en serio ni mis novios y maridos ni, y eso es lo peor, yo misma!), en un delicioso arrebato de autocompasión, descubro agradecida que aquí, las que siempre siempre me han tomada pero que muy en serio, han sido precisamente las petardas de mis piernas.

Margarita López Carrillo

Activista feminista de salud