¿Alguien cuida de quien nos cuida?

La vigilancia de la salud de las y los trabajadores es una obligación de todas las empresas del país sean públicas o privadas, según la ley de prevención de riesgos laborales del 8 de noviembre de 1995). Las empresas sanitarias y sociosanitarias constituyen una de las empresas más grandes en cada una de las Comunidades Autónomas, en número de trabajadoras y trabajadores asalariados en ellas. ¿Quién vigila los riesgos de estas personas que trabajan en el ámbito sanitario y socio sanitario?Las profesiones sanitarias y sociosanitarias, son una de las pocas profesiones, junto con la de agricultura, que reúne todos los tipos de riesgos y de exposiciones a riesgos químicos, radiológicos y electromagnéticos. ¿Pero se hacen evaluaciones periódicas del estado de salud de las y los trabajadores durante la pandemia? ¿Qué evaluación tenemos de los resultados?

La ley de prevención de riesgos laborales exige que, para una correcta prevención, se ha de dar una completa información, consulta, participación equilibrada y formación de las trabajadoras y los trabajadores en materia preventiva de todos los riesgo laborales que puedan padecer desde su lugar de trabajo. ¿Estaban preparadas y preparados nuestras médicas y médicos, enfermeras y enfermeros, trabajadoras y trabajadores de nuestras residencias de mayores para enfrentarse a una pandemia infecciosa, tenían el material adecuado, y sabían usarlo? ¿Habían recibido formación para una emergencia de este tipo?

Un ejemplo de la mayor incidencia de contagios por razones de género lo podemos observar en el análisis de los contagios en el personal sanitario publicados por la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica hasta el 20 de mayo de 2020, última fecha en la que disponemos datos, diferenciados por sexo. En este informe se presentan las características de los 40.961 casos de COVID-19 en personal sanitario, con un 74% de mujeres afectadas.

Los casos entre personal sanitario hasta esta fecha suponen un 24,1% del total de casos de COVID-19 declarado. Los síntomas más frecuentes entre mujeres sanitarias fueron disnea, dolor de garganta diarrea o vómitos, y entre hombres sanitarios los síntomas más frecuentes fueron fiebre, neumonía y distrés respiratorio.

Los hombres entre personal sanitario presentan una mayor prevalencia de neumonía, enfermedades de base, y un mayor porcentaje de hospitalización, admisión a UCI y ventilación mecánica que las mujeres.

Como vemos en el gráfico la infección durante la primera ola de la pandemia fue mucho más elevada entre mujeres sanitarias, que entre hombres sanitarios,  aunque se puede observar que las infecciones en todas las olas han afectado más a mujeres que a hombres. Se ha comprobado lo mismo en la incidencia de contagios en muchos países del mundo. Lamento que la recogida de datos publicada se acabara tres meses después de la pandemia, pero ya con los datos recogidos y sabiendo el síndrome post COVID-19 se presenta en más del 10% de personas afectadas por la enfermedad hemos de suponer que más de 5.000 profesionales sanitarios, van a presentar síntomas persistentes.

El estrés mental y físico, es muy alto siendo la profesión médica seguida por enfermería la que tiene un índice de suicidios más elevado por profesión. Durante los casi dos años de la pandemia hemos visto todos los riesgos laborales concentrados en las mismas personas, de forma continuada siendo  los riesgos psicosociales los más difíciles de diagnosticar y prevenir, pero es necesario detectar los problemas de las y los  residentes en formación, que acaban soportando el peso de los servicios de urgencia y parte de la asistencia en atención primaria

Sin embargo, no han sido sólo la vigilancia de los riesgos psicosociales los que han brillado por su ausencia, sino incluso la vigilancia de las condiciones mínimas de trabajo. En la primera ola, la ausencia de trajes protectores, guantes y mascarillas, contribuyeron al alto índice de contagios entre sanitarios. Los servicios de urgencia en los hospitales y en los centros de atención primaria, han mantenido el sistema de atención presencial, urgente y sin descanso. ¿Se revisan las condiciones de trabajo? ¿Se ha estudiado la ergonomía para la realización de los continuos informes que se han de realizar? ¿Alguien ha revisado las sillas rotas, inadecuadas, sin respaldo para la espalda, con los que se trabaja durante un día entero, y con distancias a pantalla, que no superarían una mínima inspección laboral? ¿Se ha analizado el ruido constante y a veces ensordecedor, con los que se trabajan en las salas de urgencias con médicas y médicos, enfermeras y enfermeras, auxiliares y celadores? ¿Qué sobreesfuerzo de concentración se necesita para poder escribir, y decidir diagnósticos y tratamientos con unas condiciones laborales, que en si mismas son factores estresores? ¿ La vigilancia de la salud de nuestros profesionales incluye un soporte a la alimentación de calidad mientras están los profesionales de guardia? Han de comer a deshora muchas veces por estar atendiendo a veces casos graves que requieren atención. ¿Se han previsto fórmulas para que puedan tener una comida caliente, aunque sea a la una de la madrugada?

En cuanto al factor estresor de los horarios, ¿Se va a valorar algún día la eficiencia de guardias de 24 horas, de un mismo profesional? ¿No se puede considerar una vergüenza social colectiva que sean las guardias la única forma de tener un sueldo que supere sólo mínimamente su sueldo base precario, para las y los residentes de especialidades en formación en los hospitales, que con su sobreesfuerzo están sosteniendo todo el sistema? ¿Es sostenible y eficiente que las jornadas de atención primaria vuelvan a visitar más de 50 personas en una mañana o en una tarde? Es posible que cuando las médicas y médicos, enfermeras y enfermeros, administrativas y administrativos, han dicho que no pueden más, se les contesté, como ha ocurrido en Catalunya, que “doblen el turno”, o que se “les pagará por más horas extras”, en lugar de contratar al personal necesario para cubrir las altas demandas. No nos puede extrañar con datos de Octubre 2021, que el agotamiento mental afecte a un 70% de los profesionales, y el distanciamiento laboral a un 60%, y que aumenten las bajas laborales por el síndrome de burnout,médicos y médicas quemados

En algunos centros hospitalarios, la relación del equipo de vigilancia de la salud con las y los trabajadores, ha sido preguntar si tienen fiebre, pero no hemos podido encontrar todavía informes sobre las condiciones laborales a mejorar o cambiar en el futuro. NO NOS VALE NI DOBLAR EL TURNO, NI DOBLAR EL SUELDO, porque ambos imperativos son imposibles, pero es imprescindible que todos nuestros sanitarios reciban un sueldo digno, que se revisen las interinidades casi eternas, y que se cambien las guardias de 24 horas por las de 12 horas, como se hace en la mayoría de los países, consiguiendo más eficiencia para los pacientes y para el sistema y más salud para los profesionales.  Es imprescindible que se cumpla la Ley de Prevención de riesgos laborales en todos los centros sanitarios de España, nuestras trabajadoras y trabajadores sanitarios no pueden tener menos derechos que los demás. Hay que cumplir la ley con quienes cuidan. Y también indemnizar la enfermedad profesional de quienes hayan tenido secuelas o padezcan el síndrome post-COVID-19. Se debería también incluir en las indemnizaciones profesionales, las enfermedades que se han producido no sólo por la infección viral, sino por la presentación o exacerbación de otras patologías previas, como consecuencia del estrés físico y mental sufrido durante la pandemia.

Solicitamos a todas las profesionales que conozcáis informes sobre la vigilancia de la salud de vuestros centros, que los hagáis llegar a nuestra redacción para analizar con más datos, las propuestas de cambio necesarias para que la salud de nuestras y nuestros profesionales, tenga los mínimos factores de riesgo posibles. Gracias por vuestra colaboración.

Carme Valls Llobet

Endocrinología, Médica de Perspectiva de Género