Reflexiones pandémicas

Sí, son tiempos de violencia descarnada. Sí, sin duda, hubo otros tiempos de horror —los Campos—, cuánto dolor encharcado, herencia a veces incurable para generaciones. Hoy la violencia es diferente, es obra de un mal maligno y desconocido, es la incertidumbre de una nueva provisionalidad que cala en nuestros huesos. Un «yo qué hago», «a  dónde voy», «cómo viviré», o «cómo moriré»…

Hace meses que escucho a personas asustadas; el miedo ha calado muy hondo para algunos. Sin duda con una razón de peso incuestionable: una pandemia asesina, donde se juega todo a vida o muerte, a cara o cruz.

Y, sin embargo, es por ello que te escribo: el miedo sistemático corroe y mata en vida. El miedo mata nuestros anhelos, proyectos y nuestras ganas de vivir. El miedo aniquila tu vida, la que tú todavía determinas. Eso no quiere decir que haya que silenciarlo: todo lo contrario, expresa tu miedo para reducirlo —a un amigo, vecino, o terapeuta—, no lo conviertas en tu armadura, que puede cronificarse. No te quedes callado y resignado esperando lo inefable. Habla de tus miedos pero no los petrifiques, tu vida es lo más importante. Expresa tu miedo para reducirlo y darle vida a tu vida. ¡Vive mientras tengas vida! Este es el Mandato y un deseo. Ahora podríamos entenderlo como un mandamiento primordial, que eleva la vida a la primera categoría y prioridad, como lo ha sido siempre.

Sí, vive al día, y al minuto, como si fuera el último. Y si la muerte te atrapa, será viviendo y con las botas puestas. Lo que algunos olvidan es que el deseo de vida es el mejor remedio contra cualquier enfermedad. He visto personas que han estado años luchando contra enfermedades graves y han ganado terreno, mientras que otros se han rendido. ¿Deseaban otra cosa?

Siéntate y para de cavilar, el proyecto es aquí y ahora, en PRESENTE. Eso me digo a mí misma: piensa con calma, el presente es tu vida, no lo derroches. Haz lo que siempre has deseado hacer, sin postergarlo sine die.

Piensa, o escribe, o cuéntaselo a él o a ella. Dímelo a mí, si quieres, eres [email protected] Nuestro confinamiento debe ser un acercamiento al Otro, y entre nosotros: no hay otra vía para la supervivencia. Incluso puede ser una suerte de afecto renovado, que sublima el malestar que late a veces dentro y fuera. Hoy nadie se salva solo, y si muere en soledad, menuda tristeza. No hablo del amor bobo, ni de la misericordia cristiana. Hablo de un afecto que fluye, nos une y nos humaniza. Ya no estás solo, o sola, ¡acércate! Sé prudente, por favor, pero no cedas al miedo. Sé valiente, ¡todos nos jugamos lo mismo!

No sé qué más decirme y deciros para sobrellevar esto que nos ha tocado vivir. ¡Vívelo con valor, aunque sea tu última experiencia!

Daniela Aparicio

Psicoanalista