Mujeres y síndrome Post-Covid-19

“La enfermedad post-COVID-19 ocurre en personas con antecedentes de infección probable o confirmada por SARS-CoV-2, generalmente 3 meses desde el inicio del COVID-19 con síntomas que duran al menos 2 meses y no pueden explicarse con un diagnóstico alternativo”. Ésta es la más reciente definición del diagnóstico de COVID persistente o síndrome post-COVID que en octubre de 2021 ha publicado la Organización Mundial de la Salud. Los síntomas comunes incluyen fatiga, dificultad para respirar, disfunción cognitiva, pero también otros que generalmente tienen un impacto en el funcionamiento diario. 

Los síntomas pueden ser de nueva aparición, después de la recuperación inicial de un episodio agudo de COVID-19, o persistir desde la enfermedad inicial. Los síntomas también pueden fluctuar o recaer con el tiempo. 

Es importante diferenciar entre síndrome post-COVID-19 y secuelas de la propia enfermedad, denominadas también post-COVID. Se trata de daños irreversibles a los tejidos después de 12 semanas, que pueden desencadenar distintos grados de disfunción permanente y la correspondiente sintomatología. Las secuelas aparecen después de infecciones por COVID de carácter moderado o severo (que han requerido hospitalización o ingreso en unidad de cuidados intensivos). La tipología del paciente con secuelas tras una infección por COVID-19, es de predominio en varón de unos 70 años, con comorbilidades (enfermedades asociadas). 

Sin embargo, el síndrome post-COVID predomina en las mujeres de alrededor de 43 años, sin patología previa. Definido el síndrome como la persistencia de síntomas (presentes o no al inicio de la infección) después de 3 meses de la infección, con curso permanente, recurrente/remitente o de mejora progresiva de duración mínima de dos meses. No siempre requiere una infección por COVID de forma sintomática, sino que puede aparecer después de una infección silente.

No todos estos pacientes han sido sometidos a pruebas diagnósticas, especialmente en la primera ola de la pandemia, aspecto que ha recogido la OMS en su definición de síndrome post-COVID-19 de forma que no es preciso el antecedente de infección previa mediante serología o PCR.  En septiembre de 2020, la OMS creó los códigos ICD-10 e ICD-11 para la “enfermedad post COVID-19”. 

Se estima que casi 243 millones de personas han sido infectadas con SARS-CoV-2 en todo el mundo. Varios estudios sugieren que hasta un 10-15% de todos los pacientes con COVID-19 pueden presentar sintomatología persistente semanas o incluso meses después de la infección inicial.

La persistencia de síntomas después de padecer la enfermedad es más elevada según si la enfermedad ha requerido ingreso hospitalario o sólo asistencia domiciliaria. Entre las personas que han necesitado asistencia hospitalaria, la prevalencia de síntomas a los 12 meses es de un 49% de los pacientes, pero un gran metaanálisis realizado a principios de 2021, estima que el 80% de los pacientes que padecieron la infección con SARS-CoV-2 desarrollaron uno o más síntomas a largo plazo.

El predominio femenino es quizás más evidente en determinadas poblaciones, como los profesionales de la salud. De manera similar, se ha reportado un predominio femenino en otros países según el Proyecto Sexo, Género y COVID-19, una base de datos en línea de datos desagregados por género sobre COVID-19.

Los síntomas más comunes incluyen cansancio extremo, dificultad para respirar, confusión mental, cambios en el gusto y el olfato, dolores en las articulaciones, etc. Las encuestas han identificado cientos de quejas. 

El síndrome de fatiga crónica (SFC) sigue siendo central y la queja más común en las pacientes. Este término abarca una gama de síntomas como fatiga, malestar post-esfuerzo, alteraciones del sueño, deterioro cognitivo y dolor no provocado que persiste durante más de 6 meses con una intensidad sustancial y no explicado completamente por ninguna otra condición médica. Anterior a la pandemia por COVID-19 la fatiga crónica se había relacionado con otros virus u otros agentes infecciosos, siendo el ejemplo más destacado el virus de Epstein-Barr.

Se ha observado una semejanza asombrosa entre el síndrome post-COVID y las características clínicas del SFC. Por ello, su abordaje debería ser similar de forma que nunca se debería diagnosticar sin haber realizado estudios clínicos y mediante pruebas complementarias que permitan descartar otras causas de los síntomas que afectan a las pacientes. 

Se han descrito secuelas neurológicas post agudas (neuro-PASC) después de haber padecido la Covid. Las personas que han padecido enfermedad post-COVID, presentan alteraciones cognitivas que persisten en el tiempo, y son algo más graves entre pacientes hospitalizados, pero también entre pacientes que han tenido síntomas de Covid-19 suaves. En estudio realizado entre 740 pacientes, de los que el 63% eran mujeres, se ha observado pérdida de memoria y de capacidad de atención, fluidez verbal y capacidad cognitiva, y los niveles de alteración fueron peores entre las pacientes que habían sido hospitalizadas.

Se desconoce qué causa el COVID prolongado y el SFC. Probablemente se trata de respuestas inflamatorias o autoinmunes continuas, o daño continuo por los residuos de virus reactivados. Aún debe dilucidarse. Un estado general de inflamación junto con un aumento de los mediadores inflamatorios, así como la activación de la inmunidad mediada por células, posiblemente podrían contribuir al estado similar al SFC. 

En España, donde más de 5 millones de personas han sufrido infección por COVID-19 (casos confirmados), el síndrome post-COVID puede suponer en el medio plazo un importante impacto asistencial. Desde una perspectiva clínica, el manejo del síndrome post-COVID-19 debe incluir el abordaje integral de las patologías nuevas y las preexistentes. 

Es en el ámbito de la Atención Primaria donde es posible esta visión holística siempre y cuando disponga de los contingentes y presupuesto necesarios: el aumento de la demanda previsible por esta nueva enfermedad junto con el retraso en la atención de patologías crónicas y agudas que ha supuesto la atención a la pandemia, implican un incremento de la carga a este nivel sanitario. Miles de personas se manifiestan en estas fechas para reclamar mayor dotación presupuestaria para la Atención Primaria; es indispensable para atender esta nueva enfermedad. 

Además, son cruciales los equipos multidisciplinares diseñados para la asistencia de la enfermedad post-Covid-19, desarrollar medidas de prevención, técnicas de rehabilitación y estrategias de manejo clínico atendiendo a las perspectivas globales de los pacientes y teniendo en cuenta las diferencias de sexo/género y especialmente la morbilidad diferencial que atiende las diferencias por sexo e incluye la perspectiva de género. 

La salud menstrual debe ser evaluada siempre como un indicador de derechos humanos y salud pública. El análisis de las alteraciones menstruales debe ser incluido en los estudios diagnósticos y en el análisis de tratamientos y de vacunas. Tal y como se ha publicado recientemente en The Lancet: “Necesitamos sistemas de asistencia sanitaria que traten la menstruación como un signo importante de salud y bienestar y como un indicador clave de la salud de la población. Las personas que menstrúan son a menudo invisibles y olvidadas, incluyendo los contextos de emergencia, que afectan directamente sus derechos a la salud, educación, no-discriminación e igualdad de género. Es necesario reconocer la salud menstrual como un derecho clave dentro del derecho a la salud. No ha sido nunca más claro que durante la pandemia de COVID-19, que aquellas que menstrúan se enfrentan a barreras de espacios privados, seguridad e higiene para manejar su menstruación, unido por las dificultades a acceder a productos menstruales, un ítem esencial para su salud y dignidad”.

Una vez más, nos encontramos ante una patología que afecta de forma predominante a las mujeres que, como el síndrome de fatiga crónica -con el que tiene tantas coincidencias- es difícil de diagnosticar y se caracteriza por la falta de pruebas diagnósticas. En realidad, nos enfrentamos a un nuevo reto para la Medicina ante el que debemos organizarnos para atender, acompañar, tratar y no dejar atrás a aquellas que sufran este síndrome. 

Carme Valls Llobet

Endocrinología, Médica de Perspectiva de Género

Mercè Botinas

Médica de familia. Centre de Diagnòstic i Tractament. Barcelona.