LA REVOLUCIÓN QUE QUEREMOS: consultas libres de LGTBIfobia

Hay quien piensa que eso de ser lesbiana (o de tener relaciones lésbicas) es una cuestión privada, como ser bisexual, o pansexual, o “……” (poner todo lo que queráis excepto la palabra mágica heterosexual). Hay quien piensa que la orientación sexoafectiva y del deseo debe ser algo de puertas para adentro, que no se tiene que notar y mucho menos que airear.

Que dos chicas adolescentes se morreen en el patio del instituto. Que dos mujeres lleven viviendo juntas enamoradas toda su vida y sean sexualmente muy activas. Que dos hombres paseen cogidos de la mano o que se abracen cariñosamente en público. Que dos personas críen juntas a su criatura sin imponerle marca de género. Por favor, ¡qué horror!. ¿Cómo va a ser todo eso posible? Eso no puede ser “normal”. Que sean lo que quieran, que hagan lo que quieran, pero que no lo vayan proclamando a los cuatro vientos y menos que no hagan de ello un orgullo. Encima eso, ¡menudo ejemplo dan!.

Si estas situaciones o alguna de ellas te incomodan o las rechazas solo con imaginarlas, tienes LGTBIfobia cognitiva. Si sientes que te repugna o te da asco presenciarlo, tienes LGTBIfobia afectiva. Si además de todo esto, tus actitudes o sentimientos pasan a ser tus hechos y haces chistes de mariquitas o marimachos, de bolleras o de travelos o te ríes con quien los cuenta; si insultas, hieres, desprecias, apartas, agredes, omites o niegas los derechos de las personas con orientaciones sexuales, identidades de género, expresiones de género o características sexuales que no son la tuya, la hegemónica, te informo de que tu LGTBIfobia es de libro. Aunque no lo sepas. Y la LGTBIfobia la podemos ejercer todas, en cualquier momento. Porque la LGTBIfobia es un problema estructural. Es un tipo de violencia enraizada en el sistema patriarcal que resulta que es cisnormativo y heteronormativo (¡menuda sorpresa!). No es que existan a priori personas lgtbifóbicas y personas que no lo son, existen acciones y omisiones que pueden contribuir a prevenir, a detectar o a erradicar la LGTBIfobia y otras que sencillamente la perpetúan. Y si no hacemos nada, somos neutrales, y la neutralidad en este caso y en muchos otros casos, supone estar del lado del (sistema) opresor. Puede que lo que hago concretamente en relación a mis prácticas sexuales sea algo privado (entendido como íntimo). Hasta ahí vale. Pero no es privado con quién lo hago, a quién elijo como compañerx de vida. ¿Acaso las personas cisheterosexuales no habláis de ello en cualquier espacio, con todo el mundo y constantemente? La heterosexualidad se (nos) presupone, aunque ya os digo yo (y en su día lo dejó escrito Adrienne Rich) que el sistema quiere y hace lo posible para que la heterosexualidad sea obligatoria. Y por lo que a mí respecta no lo está consiguiendo. Cada vez somos más las personas disidentes del género y de la sexualidad que nos hacemos abiertamente visibles y reivindicamos estar no solamente en los márgenes, sino en cualquier sitio, en todos los sitios, públicos y privados. Y también, cómo no, en el sistema sanitario. En las consultas. Públicas y privadas. En las ginecológicas y en las otras. Y estamos en un lado de la mesa y en el otro. Encima de la camilla y empujándola. Tomando decisiones y acatándolas. Trabajando en equipo o más solas que la una. Estamos en los quirófanos, en las salas de rayos X, en los paritorios, en las salas de espera (a veces desesperadas, otras esperanzadas). Estamos en las listas de espera, o no estamos por error, por omisión, por falta de voluntad política o, excepcionalmente, por decisión política, cuando al fin nos incluyen. Porque la lgtbifobia institucional también está ahí, acechándonos, y se manifiesta de muchas y sutiles maneras: porque se desconocen nuestros derechos, porque hay falta de interés, por falta de motivación, por falta de información o de sensibilización. Como si las personas LGTBIQ+ fuéramos de otro planeta. No necesitamos nada más, ni nada menos, que lo que nos corresponde como seres humanos, como ciudadanxs de pleno derecho: poder acceder a las técnicas de reproducción asistida en igualdad de condiciones, que una pareja de mujeres podamos filiar a nuestrxs hijxs sin la obligación de contraer matrimonio previamente al nacimiento, que podamos ir a las consultas ginecológicas sin que se nos presuponga que tenemos relaciones sexuales, las que las tenemos, exclusivamente con “varón cisnormativo” mediante. Es cansino que tengamos que responder a las mismas preguntas de siempre, como una letanía: ¿Tienes relaciones sexuales? sí. ¿Tomas anticonceptivos? no. ¿Quieres quedarte embarazada? no. ¿Usas preservativo? no. ¿Llevas puesto un DIU? no. ¿Entonces? Aquí es cuando quien te atiende alza los ojos del papel o quita los ojos de la pantalla y te mira. Silencio. Ha llegado a un callejón sin salida. Algo no (le) encaja. Le aguantas la mirada. Silencio incómodo. Y ahora ¿qué?.

Cuando llegas a un callejón sin salida es cuando empieza la revolución .

He aquí la revolución que queremos: Queremos que los protocolos ginecológicos de atención nos incluyan, que se revisen las preguntas para que se puedan enunciar sin que se presuponga la heterosexualidad (y tampoco la cisexualidad).

Queremos que se incorporen, si es necesario, preguntas abiertas que sean exploratorias de la situación, sin estereotipos, que sean preguntas más pertinentes en función de la multitud de corporalidades, de identidades, de expresiones y de orientaciones que podemos llegar a encarnar (en nuestra carne) las personas y que no se limitan solamente a dos géneros exclusivos y excluyentes o a una única orientación sexual.

Queremos que no se restrinja el concepto de relaciones sexuales meramente a las relaciones coitales, tenemos que ir dejando la prehistoria que donde está, está muy bien. Queremos que al entrar en una consulta se nos acoja y se nos permita ser quienes somos sin pensar que somos invisibles o que no encajamos.

Queremos no tener que pensar en si quien nos va a atender será amable, o no, si podremos mostrarnos tal cual somos, o no.

Hay que incorporar toda esta diversidad en los protocolos. Y no basta con redactarlos, hay que darlos a conocer, hay que capacitar a las personas profesionales que nos atienden y hay que velar para que nuestros derechos se respeten.

Queremos que cuando algunx de nosotrxs entra en una consulta ginecológica y es leídx como hombre cis no penséis que es un acompañante o que se ha equivocado de consulta, puede que sea un hombre trans que necesita una revisión del estado de sus ovarios, o que solicite información sobre cómo congelar sus células reproductivas.

Queremos que cuando algunx de noso– trxs entra en una consulta y es leídx como mujer cis y le hagáis una exploración no dejéis de atenderle porque descubráis que se haya hecho una vaginoplastia, y resulta que no es una

mujer cis, que es una mujer trans. Y amablemente le decís que no le podéis atender porque no entendéis de este tipo de vulvas y vaginas. Pues esto se soluciona fácilmente si hay voluntad. Si queréis saber más, llamad a Rosa Almirall y a su equipo del Servei Trànsit en Barcelona, un servicio de la sanidad pública pionero en el mundo. Leed, descubrid, investigad, contrastad y atended a cada persona por lo que es (única) y por lo que necesita (una atención individualizada y empática). Ni más ni menos. 

Profesionales de las consultas. Ginecológicas o no. Públicas o no. Necesitamos vuestra escucha activa para convertir los callejones sin salida en plazas abiertas donde seguir construyendo juntxs la resistencia al cisheteropatriarcado y dónde tengan cabida y sean reconocidas las personas cis y las personas trans, binarias y no binaries, sean heterosexuales o no lo sean, tengan características intersexuales o no las tengan. Todas las corporalidades son diversas e igualmente válidas.

Os necesitamos. Diré más: nos necesitamos mutuamente y NO pararemos hasta que lleguemos a conseguir unas consultas totalmente libres de lgtbifobia.

Trabajadora social y antropóloga. Defensora de los derechos LGTBIQ +