Abuelas transmisoras de historia

Yo no tuve abuelas ni abuelos y lo lamenté siempre. Percibía en mi infancia -y también después- que no era un vínculo más, que era mágico para muchos. Necesité escribir dos libros para inventarme unos abuelos. Un dato que tenía era esta frase de mi abuelo León: “uno duerme como se hace la cama”. La convertí en el hilo conductor de mi vida y la coloqué como epígrafe en Qué es lo mejor de ser abuelos. Pero gracias a mis hijas, tengo seis [email protected], cinco chicos y una chica –que ya tienen entre 20 y 11 años-, a los que intento resultarles mágica. Al menos, me dicen que soy una abuela especial. Con la llegada de cada uno o una, sentí que mi lugar en el mundo adquiría una dimensión tridimensional. Inicié aquel libro con las respuestas de los tres mayores, que tenían entonces entre 4 y 5 años, a la pregunta, ¿qué son los abuelos para ti?

Dijo Luca: “los abuelos son unos compañeros de juegos que no conocen los juegos, pero tienen muchas ganas de aprender”.

Dijo Tomás: “los abuelos se parecen a Papá Noel, no solo porque traen regalos sino porque vuelan”.

Dijo Nahuel: “los abuelos son los que dan más besitos”.

De alguna manera, los nietos me han permitido subsanar los errores y cubrir las lagunas que había cometido con mis hijas. Sí, lo he hecho mejor. Puesto que a mis hijas no les dediqué la misma atención, ni les dije, tanto como me hubiera gustado, que las quería mucho. Ahora, a través de mis nietos les hago llegar mi amor. Trato de adaptarme a ellos en lugar de tratar de que ellos se adapten a mí, y me ha dado muy buenos resultados. A la vez, como el centro de mi vida ha sido la escritura, siempre les he estimulasdo para que escribieran y, tanto los cinco chichos como mi única y altísima nieta, son buenos contadores de historias. Supongo que esta es otra función de la abuela: enseñarles de modo sutil lo que una mejor sabe, y fomentar el diálogo. Actualmente, dialogar con cada uno de ellos (cuando están disponibles) es para mí un placer inigualable.
Mientras tanto, no dejo de vivir mi propia vida.

Somos transmisoras de la historia

Seguramente, cada abuela tendrá su propia versión de sus momentos a solas con los nietos. Yo podría destacar lo dichosa que me siento cuando están los seis en mi casa y, más todavía, si se quedan a dormir. Cantamos, bailamos, cenamos y hablamos, pura alegría.
Los nietos disfrutan oyendo a sus [email protected] hablar sobre la vida de cuando eran jóvenes porque les ayuda a llenar el vacío entre pasado y presente.
La abuela y el abuelo tienen un papel protagónico en la transmisión de los mitos y mandatos, en la construcción de la identidad familiar. Con las anécdotas que narran ayudan al autoconocimiento y la comprensión de cómo y por qué ciertas cosas van cambiando o no. Lo que les cuentan sobre la vida de sus padres cuando eran niños, les provee un sentido de continuidad de la familia y reafirma su identidad.
En este sentido, desde que eran pequeñ@s, les preparo tres o cuatro comidas particulares que en la familia se repiten de generación en generación, y aprovecho cualquier momento para transmitirles vivencias y recuerdos, sin recortarles información y sin adornar el pasado para que parezca perfecto.

Hablarles con el cuerpo

Dice un proverbio hindú que cuando el amor entra por la ventana, el infortunio sale por la puerta. Numerosos estudios médicos confirman la importancia del contacto físico, los masajes, las caricias, los abrazos. Esta forma terapéutica tiene
antecedentes. En la tumba del sacerdote egipcio Ankmahor, que vivió 2200 años antes de Cristo, aparece la imagen de un hombre sentado recibiendo masajes en los pies; para Hipócrates, el “arte médico del frotamiento” debía constituir una herramienta terapéutica efectiva. El Shantala, un antiguo libro hindú, explica los masajes que las madres hacen a sus hijos antes de dormir y relaja a los niños.
El amor por los nietos, con sus caricias y abrazos, tiene la misma carga que el amor platónico que, según Ortega y Gasset: “se caracteriza por contener dos ingredientes: el sentirse encantado por otro ser que nos produce ilusión íntegra, y el sentirse absorbido por ese amor hasta la raíz de nuestra persona”.
El amor siempre vigoriza.

La abuelitud elegida

Evidentemente, ejercer la abuelidad (o la “abuelitud”, más cercano el término al de “juventud”) permite establecer con los nietos una relación privilegiada, es una construcción permanente incluso si no se trata de un nieto biológico, lo compruebo con una nieta postiza de ocho años que no tenía abuelas, y un día me dijo que yo le gustaba como abuela y si quería ser la suya. Por supuesto que acepté y es muy gratificante. Y a la vez, es saludable. Aporta energía, diversión, creatividad, ternura, obliga a experimentar situaciones inesperadas, nuevos conocimientos, otros puntos de vista, y así permite mejorar las destrezas mentales e influye de modo favorable sobre la salud. En la novela El mismo mar, Amos Oz relata así el intercambio de una abuela con sus nietos: “Todos los viernes me traen a mis nietos. Ella es Aries y él Capricornio, ella me llama Yaya Ti y a él le gusta tirarme del pelo. El viernes por la noche duermen siempre conmigo a ambos lados de mi cama. Yo los protejo de las pesadillas y el frío, y ellos me protegen de la soledad y la muerte”. Siendo abuela, descubrí la capacidad de ser otras que habitaban dentro de mí y no sabía, que los nietos tienen varias llaves para descubrir el tesoro que llevamos dentro.

Silvia Adela Kohan

Escritora y abuela