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LAS MUJERES, LA SALUD, LA PALABRA Y LA RELACIÓN ENTRE MUJERES

<Margarita López Carrillo>


Margarita López Carrillo

La Xarxa participó en la II Jornada La Política de les Dones. Derechos y leyes que no nos hacen más libres, que se celebró en Reus el 29 de mayo de 2004, organizada por la Regidoria de Polítiques per la Igualtat. Margarita López Carrillo presentó la siguiente ponencia: LAS MUJERES, LA SALUD, LA PALABRA Y LA RELACIÓN ENTRE MUJERES

Historia de un proceso de reflexión en grupo

Hace algún tiempo, durante una charla que dio en CAPS, la psicoanalista feminista Emilce Dio dijo: El psicoanálisis ayuda a las mujeres, a pesar del propio psicoanálisis, por el simple hecho de proporcionarles un espacio para hablar de sí mismas. 1 En ese momento, la idea fue escuchada con interés por nuestro grupo, como todo lo que dice Emilce, pero no llegamos a darle toda la importancia que tenía para nuestro enfoque de la salud de las mujeres, es decir, del abordaje integral o bio-psico-social que perseguíamos. Digo que no nos dimos cuenta de toda la importancia de esa afirmación porque en ese momento en el DSQ (Programa Dona Salut i Qualitat de Vida del CAPS) -integrado por profesionales sanitarias y por otras profesionales implicadas en la salud desde su abordaje específico- estábamos apenas iniciando un proceso de debate interno sobre distintos aspectos de la salud de las mujeres. Buscábamos, básicamente, poner en común puntos de vista y consensuar el discurso como grupo, y ese deseo de coherencia interna es el que nos había despertado la necesidad de escucharnos unas a otras porque, en el fondo, no nos conocíamos. Lo único que sabíamos de partida, porque era lo que había ido aglutinándonos en torno a Carme Valls, es que todas considerábamos a la medicina oficial androcéntrica -esto es, que había estudiado tradicionalmente mal a las mujeres y, por consiguiente, éstas eran mal diagnosticadas y tratadas-, y que la considerábamos, además, excesivamente medicalizadora e infantilizante (especialmente respecto a las mujeres). Algunas de nosotras habían llegado a estas posiciones críticas desde la práctica feminista paralela a la práctica profesional que nos permitía ver la salud desde una óptica más, digamos, política, y otras, inversamente, habían llegado a ellas, y de rebote al feminismo, precisamente desde su práctica clínica donde se habían ido dando cuenta de la falta de respuestas, o la ineficacia de las mismas para muchas de las demandas de las mujeres, de la medicina o de la psicología al uso.
Poco a poco, en un proceso que ha durado varios años, después de diversas reuniones de debate en el seno del DSQ y en el entorno de la red de médicas y profesionales de la salud, las palabras de Emilce (es decir, que a las mujeres hablar de sí mismas les ayuda) han ido convirtiéndose en uno de los puntos de consenso más unánimes dentro de nuestro grupo.

Las médicas frente a la voz de las mujeres

El tema de debate y reflexión conjunta que más ha influido en que hayamos llegado a darle a "el hablar de sí" la importancia que le estamos dando ahora para la salud de las mujeres, ha sido la violencia doméstica. Nuestro grupo empezó a pensar sobre los problemas de salud derivados de la violencia intrafamiliar por demanda de las propias médicas de primaria del DSQ y de la Red (además de por las demandas externas de formación que nos hacían otras instituciones y de la amplia repercusión y debate social que el tema suscita desde hace algún tiempo).

Para éstas médicas de primaria, este es, tal vez, el problema de salud que más las ha puesto, según explican, frente a los límites de su intervención como médicas, es decir, los límites tanto de su capacidad de diagnóstico como de los recursos terapéuticos de que disponen (fundamentalmente recetas de fármacos). Se da el caso de que su papel en la primera fila de la asistencia y la relación larga que adquieren con las/os pacientes y sus familias, las pone en condiciones de percibir, mejor que otros profesionales, la génesis de los problemas de salud derivados de condiciones de vida, como por ejemplo la violencia de pareja. Literalmente, ven venir el problema. Ambos rasgos, la gran capacidad de previsión y limitada capacidad de intervención, les hace sentir enormemente impotentes y es lo que las ha llevado a ver clara la necesidad de contar con psicólogas y asistentes sociales en las áreas básicas. Se encuentran con que la experiencia les dice que cuando una mujer presenta, por ejemplo, dolores de estómago crónicamente, o resfriados constantes o cualquier otro síntoma recurrente (no digamos ya lesiones físicas frecuentes), unido a indicios que surgen al escarbar un poquito -aprovechando la confianza que poco a poco, a base de consulta más consulta, se va estableciendo- hacen sospechar que algo en su relación de pareja no anda muy bien, se quedan sin saber qué hacer, ya que se dan cuenta, por una parte, de que la mujer no suele estar, en ese estadio del problema, en condiciones de enfrentarse a su situación (de la que a menudo ni siquiera era consciente) y, por otro lado, les parece penoso limitarse a darle pastillas una y otra vez y mirar para otro lado. Intuyen que, para que la mujer vaya poco a poco hablando y acercándose a su dolor, para que pueda darse cuenta de que lo que vive no es normal ni sano y que por tanto es lógico que llore o enferme, para que vaya sintiéndose capaz de empezar a pensar para sí una nueva vida y vaya siendo posible que los síntomas físicos empiecen a remitir, la única respuesta útil es la escucha cálida y no exigente. Pero se enfrentan con la escasez endémica de tiempo en las consultas y con su propia falta de formación para este acompañamiento.

En el DSQ y en la Red hemos debatido sobre otros problemas de salud tales como la fibromialgia, y nos hemos dado cuenta de que lo que sirve para las mujeres maltratadas, es decir, la escucha y el acompañamiento (además, claro está, de las intervenciones médicas que aparezcan como necesarias), es útil también para todas las mujeres con problemas de salud pues tras ellos se encierra siempre, en mayor o menos medida, mezclado con sus condiciones de vida concretas y su vulnerabilidad física particular, el malestar endémico de las mujeres derivado de su estatus sociocultural de subordinación. Y, actualmente, llegadas a este punto de nuestra reflexión, cuando nos hemos planteado el significado que para nosotras tiene la promoción de salud para las mujeres, nos hemos dado cuenta de que ésta ha de pasar necesariamente por ofrecerles recursos y espacios donde poder expresar y elaborar ese malestar.

La dificultad de abrir los ojos

Sin embargo para que la palabra sea verdaderamente una herramienta de expresión profunda de las mujeres y sus malestares, y de transformación (curativa), es preciso, tal como han señalado las feministas de la diferencia, que las mujeres hablen no sólo de sí, sino también "desde sí", es decir que la mujer se dé a sí misma autoridad, dé a su voz importancia, considere que lo que ella puede decir de sí misma nadie puede decirlo, se haga dueña, en resumen, de su ser.

Esta toma de conciencia de sí en relación con la salud se traduce en una toma de responsabilidad sobre la propia salud, un dejar de ser objeto pasivo frente al saber del otro para convertirse en sujeto activo. Esto significa aceptar que los síntomas y enfermedades no son algo ajeno a mí, no me caen del cielo arbitrariamente sino que son expresión de mí misma y por tanto tengo que escucharlos, observarlos, tratar de descifrar el mensaje que me estoy enviando, pues mi cuerpo soy yo misma. Es un dejar de esperar que el otro me resuelva, un acudir a los terapeutas (del tipo que sea) en busca de ayuda pero sin perder de vista que son eso, ayudas para una trabajo ineludiblemente personal.

Esto es algo difícil de asumir por cualquier mujer, hombre o médica/o, ya que nada en nuestra cultura nos prepara para ello. Todo nos empuja a ponernos en manos de los médicos como objetos averiados de los que no tenemos capacidad para hacernos cargo y esperar que él o ella nos digan lo que tenemos que hacer, o que un fármaco milagroso nos arregle.

Por otra parte, las médicas, imbuidas de esta percepción que las coloca en una posición de superioridad y poder -en posesión de un saber superior-, tienden a ver a las pacientes sólo como enfermas, olvidando que son adultas capaces de hacerse cargo de su vida aunque estén momentáneamente debilitadas por la enfermedad. Las malas consecuencias de esto son dos: aumenta la dependencia y vulnerabilidad de las pacientes e impide a la médica conectar con su parte vulnerable e identificarse y conectarse con la paciente. Es decir una y otra se quedan fragmentadas y empobrecidas por ocupar un solo aspecto de su integridad. La paciente pone fuera de sí el saber y la médica pone fuera de sí la vulnerabilidad.

La importancia de la relación entre mujeres

Sin embargo, las experiencias que conozco en que paciente y médica han podido integrar cada una las dos partes, han resultado ser, por un lado, mucho más eficaces terapéuticamente para la paciente y por otro, mucho más enriquecedoras para la médica como profesional y como mujer. Esto es aplicable también, aunque su paradigma teórico no las aliene tanto de sí mismas como a las médicas, para las psicólogas o enfermeras, pues el rol de cuidar y curar puede convertirse en un parapeto si la persona no se ha hechoun trabajo personal que le permita integrar en su autopercepción sus puntos frágiles y sus puntos fuertes.

Yo diría, por mi experiencia personal en terapias y grupos, y la de otras mujeres, que esta auto concesión de autoridad e integración de los distintos aspectos, saber y vulnerabilidad, que nos conforman, requiere dos espacios de trabajo: uno personal individual (psicoterapia, meditación, lecturas, etc) y otro de intercambio en grupo.

A menudo, lo que nos lleva a hacer una terapia psicológica o un trabajo de crecimiento personal del tipo que sea es la sospecha de que algo no funciona bien en nuestra vida, cuando no un dolor evidente, sin embargo, para muchas mujeres, dado el menosprecio con que culturalmente se mira la relación entre mujeres, es algo más difícil descubrir que esa relación, que espontáneamente cultivamos la mayoría, se puede convertir en un espacio de trabajo personal y de "empoderamiento".

Las feministas de la diferencia han hecho mucho hincapié en la relación entre mujeres como práctica política y han dicho que para que una mujer se autorice necesita la autorización de otra mujer. Y esto, a la luz de mi propia vivencia, me parece absolutamente cierto. Cuando un grupo de mujeres se reúne con la intención de explorar lo que significa ser mujer, se producen algunos fenómenos muy interesantes. Uno es que cada una descubre que su experiencia personal y sus reflexiones, que tal vez consideraba banales o vulgares, son interesantes e iluminadoras para las otras (aquí es donde se produce el darse autoridad unas a otras), también sucede a menudo que las dificultades personales o rasgos de carácter propios que una había pensado siempre que se debían al hecho de ser mujer difieren de la experiencia de las demás, y que otras circunstancias o aspectos de su idiosincrasia, que consideraba ligadas a su exclusiva vida particular, son compartidas por todas o por la mayoría.

Este tipo de intercambio es saludable por sí mismo, en la medida que ayuda a ordenar el propio caos, te rescata del padecimiento solitario, y te proporciona complicidad y cariño. Pero cuando el tema de reflexión es la salud concretamente, es todavía más clara su capacidad curativa pues el intercambio de saberes y reflexiones en voz alta desangustia (la angustia es un agravante siempre de cualquier patología porque la magnifica), ayuda a acercarse a los problemas con menos rechazo y una mayor comprensión, y proporciona recursos nuevos para abordarlos.

Cada vez hay más voces señalando que los grupos terapéuticos ayudan a reducir la medicación de mucha/os pacientes de modo sorprendente. Algunas médicas de nuestra red cuentan que decidieron probar a hacer grupos terapéuticos con algunas pacientes después de haber participado ellas mismas en grupos o talleres que les permitieron hablar de sí mismas y escuchar a otras mujeres y darse cuenta de que entre ellas y sus pacientes no había tantas diferencias.

Conclusión

Creo que de todo hablado en grupo y pensado a solas se puede sacar una clara conclusión: es importante que las médicas cambien su percepción de sus pacientes mujeres -dejar de verlas como "objeto pasivo (paciente)- menor de edad" y empezar a considerarlas "sujeto activo y capaz"- si quieren ayudarles verdaderamente a recuperar la salud. Pero para ello no les queda otro remedio que hacer una toma de conciencia personal y afrontar sus conflictos y vulnerabilidades, y esto requiere un trabajo consciente y el compartir este trabajo con otras mujeres, hablar de sí desde sí..

1/ El psicoanálisis, como la inmensa mayoría de las teorías y metodologías desarrolladas por nuestra ciencia occidental, está entreverado de muchos de los sesgos y prejuicios que mantienen a las mujeres precisamente en aquellas posiciones culturales y mentales que las enferman.

Margarita Lòpez Carrillo
Documentalista de salud

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